viernes, 30 de diciembre de 2011

La importancia de los valores laborales


 Inmaculada Espila Aguado. Responsable del Área Sociolaboral de Fundación Cáritas Chavicar.
Son muchas las interpreta­ciones que podemos dar a la educación en valores. Son tér­minos, elementos que están presentes (o debieran estar) en todos los ámbitos que confor­man a la persona.
Desde nuestra perspectiva pro­fesional intentaremos acercar­nos tímidamente a lo que co­nocemos como la educación en valores laborales.
Nos realizamos la siguiente pre­gunta de partida: ¿qué se nece­sita para optar y mantener un puesto de trabajo?
La respuesta rápida es sencilla: “que sepa desempeñar bien sus tareas”.
Nuestra experiencia nos mues­tra cómo lo conocido como formación o capacitación profesional facilita el acceso a un trabajo pero no nos garantiza su mantenimiento si esa capacitación no viene acompañada de algo más, de los valores laborales.
El acceso a un trabajo precisa formación laboral pero tam­bién formación en valores. El mercado ordinario necesita la capacitación para el desempe­ño de las tareas, pero también necesita:
  • La capacidad de escucha y de comunicación, adaptabi­lidad, iniciativa ante un obs­táculo imprevisto, autocon­trol, confianza, motivación, saber trabajar en grupo…

Muchas veces nos hemos en­contrado con empresarios que nos han dicho: “necesito contratar a alguien que sea buena persona y trabajadora, con eso me conformo, ya me ocuparé yo de enseñarle el tra­bajo”.
Todos estos elementos se van adquiriendo a lo largo del pro­ceso de maduración personal en entornos sociales y familia­res, vamos a decir, estables (o algo estables).
La realidad es que muchas per­sonas fracasan en la búsque­da de empleo por la falta de estos valores (o por ser inade­cuados) a pesar de ser “un gran carretillero”.
Ahí es donde ha estado siem­pre presente nuestra entidad. Con esa persona que necesita que le ayudemos a recuperar, a consolidar estos “otros” elementos laborales, que im­piden que sea independiente en la gestión de su vida laboral.
Seguimos y seguiremos apos­tando por la formación, por la educación, por los valores laborales y sobre todo, por las personas que nos necesi­tan.


viernes, 23 de diciembre de 2011

La relación entre tutores y padres

Javier Alonso García. Periodista y Patrono de Fundación Pioneros.



Considero que la relación entre tutores y padres es insuficiente. La clave está en haber asumido el “problema” como único fac­tor que la justifica. Si los chicos “van bien” esta relación parece carecer de sentido.
Las dos partes estamos fallan­do:
  • Los padres nos involucra­mos poco en el centro (en las elecciones al Consejo Es­colar del instituto de mi hijo votamos… 24 de unos 1.000 padres censados. Si nos po­nemos nota, tendríamos un 0,25 sobre 10. Muy deficien­te). Delegamos la responsa­bilidad sobre la educación: para muchos padres no solo los centros de infantil son aparcaniños sino que am­plían el parking a toda la etapa educativa. El grado de compromiso con la educa­ción de nuestros hijos, que ya es bajo en Primaria, se reduce al mínimo en la ense­ñanza media, y más cuando superan los niveles obliga­torios. Que ellos, adolescen­tes o rebeldes jóvenes, pa­sen de nosotros no significa que nosotros debamos pa­sar de ellos. Y, por último, nos escabullimos cuando se nos llama a participar en las actividades de nuestros cen­tros. Generalizar es injusto, porque existen padres muy comprometidos, pero creo que damos un mal ejemplo a nuestros hijos. No pode­mos pedirles compromiso si el nuestro es tan bajo. Les pedimos que hagan sus de­beres y nosotros no hace­mos los nuestros. Así pues, ¿cuál es nuestra relación con el tutor? Acudimos, no todos, a las reuniones de aula; y solo volvemos a ver­les (temerosos ante un se­guro problema) cuando nos llaman. Si nuestros hijos van bien no consideramos nece­saria la reunión. Así que, en el mejor de los casos… hasta la reunión de aula del próxi­mo curso.
  • Los tutores tienen igual o más responsabilidad. Conoz­co casos de padres que con­ciertan citas con los tutores cuando los chicos van bien. No conozco ningún caso (se­guro que existen) en que el profesor tome la iniciativa en la misma situación. Los profesores deben analizar cada caso individualmen­te y buscar la colaboración de los padres para sacar de cada alumno lo mejor. Noto la sorpresa –y el agrado- de los sucesivos tutores de mi hija (aún en Primaria y con excelentes resultados) cuan­do cada evaluación solicita­mos una reunión para anali­zar sus progresos. Entonces, ¿por qué no llaman ellos? La falta de tiempo no puede ser la excusa. Siempre hay tiempo para lo importante.

Conozco un proyecto de inno­vación educativa en el institu­to de mi hijo que, además de aspectos como el trabajo con grupos reducidos, agrupación cualitativa de alumnos y de las asignaturas por ámbitos y re­ducción del número de profe­sores… se plantea que cada tu­tor tenga un máximo de cinco alumnos para que los tutores mantengan reuniones con los padres quincenalmente. De­muestra que los profesores, en muchos casos, son conscientes de la importancia de esta rela­ción tutores/padres. ¿Lo serán también los padres? ¿Se cum­plirá el objetivo?


viernes, 16 de diciembre de 2011

Aprender a resolver conflictos en la escuela


Mª Ángeles Guinea Magaña. Maestra de Primaria en activo, Supervisora y Coach.

Soy maestra de Primaria, trabajo con niños y niñas de 6 y 7 años. Haber pasado por un proceso de supervisión y más tarde for­marme como supervisora me ha permitido afrontar mi trabajo con una perspectiva nueva.
Durante años mi manera de abor­dar la disciplina se correspondía, aunque yo me contara otra cosa, con la que recibí de mis mayores: vigilar, avisar, reñir y castigar; dar consignas, echar sermones, repe­tir una y otra vez lo que no hay que hacer y lo que sí hay que ha­cer.
Decidí “robar” al horario media hora semanal para dedicarla a la resolución de conflictos utilizan­do herramientas aprendidas y experimentadas en la supervisión.
Me di cuenta de que a los niños y niñas les gusta reflexionar, com­prender lo que les pasa a otros y saben expresar lo que sienten.
Empezamos a tratar “casos: ¡Ten­go un caso!
Hoy está implicado Ángel: Un mayor le “ha mandado” que escu­pa a su compañero de clase. Pri­mero indagamos en los hechos: preguntamos para entender bien lo ocurrido, a veces lo representa­mos utilizando a otros compañe­ros como “actores”. Reflexionamos sobre las intenciones: ¿Para qué lo hace? Hablamos de emociones y sentimientos. ¿Qué ha sentido? El miedo de Ángel al mayor y su deseo de congraciarse con él es lo que asoma. Entendemos.
¿Qué me pasa a mí cuando al­guien más fuerte me pide que haga cosas...? Este es el TEMA y nos afecta a todas y a todos.
Hemos tratado “casos” variados:
  • El de “La maestra nos hizo reír con un despiste de Hicham, que lloró”. ¿Qué me pasa cuan­do creo que los demás se ríen de mí?
  • El eterno caso de “No me deja jugar”. ¿Qué me pasa cuando me enfado con mi amiga?
  • El de “Primero pego no me vaya a pegar, que se lo he vis­to en la cara”. ¿Qué me pasa cuando creo que me quieren fastidiar?

No solo casos. ¡Algunas semanas no los había…! He experimenta­do que actividades que suponen “ponerse de acuerdo” son una oportunidad para comunicarse: escuchar, expresar deseos, acep­tar otros argumentos... Les emo­ciona, les divierte y les pone en un brete.
Me gusta el camino emprendido. Aprendo mucho. Enfrento este curso con ilusión, también con esta parte del trabajo que antes de conocer la supervisión me desazonaba: impotencia, tedio y mal humor ante los problemas de los niños, siempre con las mismas cuitas.
En los colegios tenemos Progra­mas y Planes de Convivencia, Comisiones, Reglamentos... Esta­mos involucrados en la crisis de valores: ¡Educar en Valores!, las editoriales se aprestan a sacar fichas, cuadernillos y libros. Cele­bramos el día de la Constitución, de la Paz, de la No Violencia de Género: lanzamos palomas y glo­bos al cielo, cantamos canciones, recitamos poesías, escribimos de­seos de buena voluntad… Y, sin entrar a debatir la bondad o no de estas actividades, que nos per­miten creer que hacemos “algo”, la realidad es que los niños y las niñas siguen necesitando resol­ver sus conflictos.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Máster en Educación II


 Inma Corral Rodríguez. Profesora de inglés en el IES Foramontanos. Cabezón de la Sal - Cantabria.

En la primera parte de este artículo planteaba incluir como aspectos fundamentales en un Máster de Educación conocer muy bien que trabajamos con personas y perso­nitas en pleno cambio y evolución. También nos ayudará como docen­tes la formación en el control de las emociones, del manejo de las rela­ciones como grupo e individuales, las dinámicas de grupo, el manejo del liderazgo… Y como conclusión de esa primera parte decía que hay que cuidar al cuidador, hay que educar al educador.
En esta segunda parte sigo desa­rrollando las habilidades que todo docente necesita desarrollar y por lo tanto creo que deben ser inclui­das en este Máster.
El manejo de la voz, de los gestos, la mirada, la utilización del humor, la presentación oral de la informa­ción, la teatralidad … son aspectos fundamentales a la hora de enfren­tarse a cualquier público, y más aún a uno tan exigente y crítico como el adolescente. Enseño inglés solo mirando a los de la primera fila, mi voz es monótona, no muevo las manos… ¿me gustaría aprender algo así? ¿Cómo lo puedo hacer mejor? Todo se aprende y a ser un buen presentador y dinamizador de la información también, al mar­gen de mis cualidades personales, pero necesitamos ayuda, claro.
Dinámicas de trabajo en equipo, necesidad de alcanzar y respetar acuerdos, importancia de compar­tir experiencias y conocimientos son también aspectos que siento como fundamentales a la hora de recibir formación como docente.
Y algo que no puedo olvidar es el trato con las familias, el otro pilar que hace que el sistema, cualquier sistema educativo, funcione o se caiga. Los profes necesitamos ser conscientes de la importancia de las relaciones con los padres, de la formación que necesitamos para dirigirnos, una vez más, a este otro público, que deja en nuestras manos lo que más quiere y que va a ser crítico y exigente con no­sotros, y con razón: educamos a sus hijos, no reparamos su coche o cuidamos sus plantas. Necesita­mos formación a la hora de dirigir una reunión de padres, a la hora de transmitir ilusión y compromiso con nuestro trabajo, a la hora de conseguir implicación y apoyo a las propuestas escolares, a la hora de escuchar y atender a sus deman­das y a los problemas que surgen cuando tratan y tratamos con sus hijos. Necesitamos formación para ponernos en el lugar de los padres cuando hablamos con ellos y para conseguir que ellos se pongan en nuestro lugar. Necesitamos forma­ción para trabajar juntos.
Los docentes somos profesionales que trabajamos no solo educando, sino también cuidando a los hijos de los demás. Me hubiera encanta­do escuchar a docentes entusiastas que me hablaran del día a día de un profe, a autoridades educativas que resaltaran la labor que iba a desarrollar, a actores que me ense­ñaran a meterme al público en el bolsillo, a padres que me contaran cómo cambian su hijos y lo que los quieren, a pedagogos y psicólogos que con sentido común me situa­ran en la adolescencia, quitando un poco de hierro al asunto. Me hubiera gustado actuar, trabajar la voz, discutir, debatir, hacer prácti­cas, reírme, beber de la experien­cia de otros, antes de enfrentarme a mis primeras 40 miradas. Aún así, me hubiera equivocado montones de veces, me hubieran temblado las manos, hubiera descubierto cosas sorprendentes de mí, de mis compañeros, de mis alumnos, de los padres… Pero habría sido genial y creo que algo mejor sí lo hubiera hecho, y, sobre todo, hu­biera hecho sentirse mejor a otros y me hubiera sentido mejor en más momentos, pues en el fondo, todo trata de sentimientos.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Máster en Educación I


Inma Corral Rodríguez. Profesora de inglés en el IES Foramontanos. Cabezón de la Sal - Cantabria.

La educación de niños y adolescen­tes: esa tarea retadora, entusiasta, agotadora, fundamental, priorita­ria y tan necesaria para avanzar ha­cia sociedades equilibradas, solida­rias, cultas y felices recae en manos de profesionales, que con distintas experiencias vitales y con más o menos voluntad e implicación, dan forma a la experiencia escolar de los futuros ciudadanos, sobre los que recaerá el diseño de leyes, normas y acuerdos para convivir a nivel personal y colectivo.
Siendo tan relevante este aspecto para cualquier sociedad, dedicar tiempo, energía, palabras y senti­mientos a formar a los futuros for­madores es más que obvio.
Hace más de 20 años me enfrenté a mi primera clase: 40 miradas ado­lescentes que analizaban a su nue­va tutora, su forma de vestir, su voz, sus gestos y sus palabras. Tal fue el impacto en mí, que fui incapaz de leer la lista completa de nombres sin que me temblaran las manos, y tuve que dejar la lista de mis nue­vos alumnos encima de la mesa y continuar desde allí.
A partir de ahí han seguido años de encuentros y desencuentros con esas mismas miradas, de aciertos y de montones de errores, de obser­var y de mirar a su vez, de aprender siempre, a pelo, sin haber recibido una formación previa a ese mare­mágnum de vida que me envolvía y me envuelve.
Según pasan los años cambian los programas educativos, sus conte­nidos, las metodologías, se aplican nuevos criterios de evaluación, se retoman aspectos descartados, se abandona otros ya probados, todo funciona y todo vale o no, y lo opuesto también. ¿Qué necesi­tamos pues?
Cuando se plantea un Máster en Educación hay aspectos que siento como fundamentales para llevar a cabo la tarea de educar.
En primer lugar, necesitamos co­nocer muy bien con lo que trabaja­mos, personitas y personas en ple­no cambio y evolución, con todo lo que implica, personas con persona­lidades, físicos, familias, amigos y entornos diversos, con experiencias distintas , con opiniones y gustos y con reacciones propias de su mo­mento vital. Este conocimiento nos va a ayudar a entender, a no juzgar, a recordar nuestra propia adoles­cencia y la de nuestros amigos y a acercarnos a ella como adulto, con comprensión y perspectiva.
La formación en el control de las emociones, del manejo de las rela­ciones como grupo e individuales, las dinámicas de grupo, el manejo del liderazgo… ayuda a un mayor entendimiento a la hora de trans­mitir luego conocimientos, de en­señar procedimientos y de desarro­llar actitudes. Las emociones y los sentimientos que se generan a la hora de relacionarse con un grupo de adolescentes a los que hay que formar y enseñar son más impor­tantes que lo que se va a enseñar en sí, ya que determina que algo se quiera aprender o que se rechace.
Es mucha presión y responsabi­lidad la que recae pues sobre los profesionales docentes, es por eso por lo que que necesitan apoyo y formación para dar valor a estos aspectos y aprendan a manejar­los con éxito. Si los docentes no quieren colaborar no hay nada que hacer, de ahí que sea tan importan­te el trabajo con sus emociones y necesidades y que se sientan refor­zados y apoyados: hay que cuidar al cuidador y hay que educar al educador. 

viernes, 25 de noviembre de 2011

La coeducación en la práctica educativa


Eva Lacarra Córdova. Educadora Social y Pedagoga.
  
Materializar la pedagogía coeduca­tiva en los centros escolares no es tarea fácil. A menudo nos encontra­mos con que los agentes educativos presentan resistencias procedentes del desconocimiento, de la norma­lización de los valores y comporta­mientos tradicionalmente asignados a mujeres y a hombres. No suelen ver la necesidad de trabajar la igualdad en las aulas, ya que parece que con la introducción de contenidos trans­versales que aborden el tema y la es­cuela mixta como modelo educativo ya se ha conseguido erradicar la des­igualdad entre los sexos. Sin embar­go, nada más lejos de la realidad. Aún nos queda mucho camino por reco­rrer, prejuicios y actitudes que cam­biar, ya que vivimos en una sociedad donde el sexismo cultural e ideológi­co está fuertemente arraigado.
Todo ello es lo que pretendemos de­construir mediante la coeducación, de forma que las diferencias biológi­cas no se conviertan en desigualda­des y se fomente en niñas y niños un desarrollo integral libre de barreras y estereotipos de género. Se va a cuestionar el modelo androcéntrico dominante (el hombre como medida de todo), utilizando diversas claves y herramientas para poner en práctica.
El modelo coeducativo reconoce la enorme influencia de los condicio­namientos de género, tanto en niños como en niñas, y para superarlos aplica medidas concretas que los compensen.
Es necesario asumir que la escuela parte de una perspectiva masculina como parámetro de estudio y aná­lisis de la realidad, lo que conlleva la existencia de un curriculum ocul­to, formado por comportamientos y pensamientos que contribuyen a reproducir modos de relación este­reotipados y sexistas. Este curricu­lum oculto se transmite de forma inconsciente y refuerza la infrava­loración de los caracteres conside­rados como “femeninos” (sumisión, ternura, dependencia), frente a la mayor valoración de lo socialmente asumido como “masculino” (fuerza, agresividad, independencia). Solo si logramos identificar esta amalgama de prejuicios ocultos podremos des­montarlos y reconstruir un espacio donde estos valores no aparezcan jerarquizados, sino que coexistan en un plano de igualdad y se respeten las diferencias entre las personas.
La hegemonía de lo masculino tam­bién se refleja en los libros de texto, donde es frecuente la minoritaria presencia de mujeres en los campos de la historia, la ciencia o la literatura.
Es muy importante revisar el uso sexista del lenguaje en toda la documentación que se maneja en el centro educativo y en las relaciones con el alumnado. A través del lenguaje se transmite nues­tra cultura, por lo que debemos ser incluyentes al expresarnos y hacer un uso coeducativo de las palabras.
Debemos prestar atención a otros aspectos relativos a la vida escolar: cuidar los estereotipos en la decora­ción del centro o en los documentos escolares; observar qué uso hacen chicos y chicas de los espacios del centro y ver cómo se configuran las relaciones de poder en los espacios libres; comprobar quiénes ocupan las canchas deportivas, qué tipo de juegos hacen o si se mezclan chicos y chicas; abordar adecuadamente las manifestaciones de violencia, anali­zando el tipo de agresiones que se producen (si existe acoso sexual) y prevenir la violencia de género.
Es necesario establecer con las fami­lias espacios de formación que incor­poren estos enfoques metodológi­cos con el objetivo de que fomenten la corresponsabilidad y reflexionen sobre el reparto de tareas en casa o sobre las distintas normas impuestas a niños y niñas.
La tarea es ardua y las dificultades múltiples, pero cada vez somos más las y los que pensamos que la igual­dad de género hay que ir forjándola desde la primera infancia y la es­cuela es el lugar idóneo para ello. Sigamos entonces formándonos y actuando.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Educar para la solidaridad

Federación Riojana de Voluntariado Social.

Mural realizado por alumnos de 4º ESO del CPC
La Salle-La Estrella de San Asensio. Curso 2010-2011

Desde hace más de diez años la Federación Riojana de Voluntaria­do Social (FRVS) viene realizando un proyecto en colaboración con la Consejería de Salud y Servicios Sociales del Gobierno de la Rioja, dirigido a alumnos de 4º Curso de la ESO de todos los centros rioja­nos. “La solidaridad tiene un pre­mio” es un concurso de murales que pretende lograr una sensibi­lización, promoción y orientación del voluntariado en los adoles­centes de nuestra Comunidad y contribuye al crecimiento moral de los jóvenes, favoreciendo su responsabilidad y compromiso.
Con esta iniciativa se intenta mo­tivar a los alumnos de este nivel a que participen plenamente en un proyecto activo, grupal y de repercusión en otros niveles ya que el resultado de la acción será expuesta en una parte visible de cada centro, además de estampar camisetas con los murales gana­dores y una exposición abierta a todos los públicos.
A los alumnos se les explica qué es un voluntario, cuáles son las organizaciones de voluntariado en La Rioja y en España, qué sig­nifica ser voluntario y qué accio­nes tan diversas puede realizar. Los participantes elaboran un mural centrado en los temas fun­damentales de este proyecto que son el voluntariado, las organiza­ciones basadas en voluntarios y qué implica y reporta ser volun­tario.
“La solidaridad tiene un premio” es un concurso que cada año pre­mia a la clase que haya consegui­do plasmar en un mural los obje­tivos propuestos:
  • Hacerse conscientes de la alternativa de acción social que representa el voluntariado.
  • Informarse y sensibilizarse so­bre el tema.
  • Conocer qué motivaciones lle­van a comprometerse como voluntario.
  • Adquirir habilidades de trabajo en grupo.
  • Valorar las incidencias y reper­cusiones del voluntariado a ni­vel social.
  • Elaborar conclusiones y comu­nicar los resultados a nivel co­lectivo.
  • Hacer posible la orientación e implicación de los jóvenes que lo deseen en acciones de volun­tariado, ya que en muchos pro­gramas pueden apuntarse a los 16 años.
“La solidaridad tiene un premio” es una iniciativa que combina educación en valores con sensi­bilización hacia el voluntariado, fomenta el interés y la participa­ción de los jóvenes, impulsa rela­ciones entre iguales para ofrecer pautas que propicien la confron­tación y modificación de puntos de vista, la coordinación de inte­reses, la toma de decisiones co­lectivas por consenso, la organi­zación del trabajo, la distribución de responsabilidades y tareas, la ayuda mutua y la resolución de conflictos mediante el diálogo.
La clase ganadora podrá disfrutar de un día en un parque temático; la sociedad gana jóvenes solida­rios dispuestos a convertirse en voluntarios.


viernes, 11 de noviembre de 2011

Los padres quieren lo mejor para sus hijos


Por Javier Navarro Algás. Gerente de Fundación Pioneros
Esta sencilla afirmación encie­rra la clave para realizar peque­ñas innovaciones a la hora de mejorar el sistema educativo.
Supone reconocer que los pa­dres, familias, unidades de con­vivencia, son los principales aliados de los docentes en su labor. Supone quitar presión al sistema educativo porque es reconocer que hay problemas sociales, familiares, económi­cos, que escapan al ámbito escolar y donde los docentes no pueden intervenir en solitario.
Es habitual constatar que los encuentros entre familias y docentes son esporádicos y se producen cuando hay proble­mas de conducta o conviven­cia, o para la entrega de notas.
En mi opinión, el objetivo de la educación es que los alum­nos alcancen su plenitud como personas, no únicamente que obtengan un título: un enfo­que integral les posibilitará enfrentarse a la vida real con muchas más garantías de éxito.
Me gustaría que las reuniones entre tutores y padres se cele­braran con mayor frecuencia y que se orientaran a la mejora de los alumnos considerados como personas, no como sim­ples receptores de información. Que pudieran valorarse aspec­tos tan importantes como sus preferencias académicas, los deberes una vez finalizada la jornada escolar, las actividades extraescolares que realizan o que podrían ser convenientes, la necesidad de apoyo extraes­colar y cómo la comunidad educativa puede ofrecérselos.
El objetivo es conseguir que los alumnos salgan de clase con ganas de aprender y que los padres se sientan satisfechos de la progresión de sus hijos, no que prolonguen su día con obligaciones académicas y la presión añadida de los exáme­nes, y los padres experimenten con perplejidad que ni sus hijos están motivados ni ellos tienen capacidad para ayudarles.
Esto supone que tanto profe­sores como padres deben es­cucharse mucho más de lo que suelen hacer y, por supuesto, abandonar posiciones de rigi­dez y superioridad por cual­quiera de las partes.
Quisiera insistir en que la edu­cación es el desarrollo de toda la persona; de las emociones, positivas y negativas; del co­nocimiento de uno mismo; de tener un proyecto en la vida; no una mera transmisión de saberes.
No es sano que los jóvenes puedan reprocharnos que des­pués de 16 años de enseñanza obligatoria e incluso estudios universitarios, tuvieron que aprender por su cuenta el sig­nificado del trabajo en equipo, del manejo de sus emociones en la familia, con los amigos, con la pareja, en un entorno laboral, de la capacidad para relacionar conceptos, estable­cer objetivos y priorizarlos, de la educación de la sensibilidad, de los valores morales.
Tampoco me parece sano que los padres sientan que el siste­ma escolar no les escucha, ni la frustración de los docentes por las exigencias que la sociedad deposita en ellos.
Por todo esto me parece que, para comenzar, debe hablar­se más de educación en foros públicos y que debe permitirse a las familias y docentes impli­carse de formas nuevas en los procesos educativos.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Noventa aniversario de Paulo Freire: enseñanzas del pasado

Kilian Cruz-Dunne. Vocal de la Junta Directiva de Fapa-Rioja.

El pasado 19 de septiembre se cumplió el noventa aniversario del nacimiento de Paulo Freire, un gran educador brasileño e in­fluyente teórico de la educación que, en un principio, se ocupó de los denominados ‘desarrapados del mundo’ para, posteriormen­te, construir un armazón sobre lo que significa la educación en el plano intelectual: ¿qué ser huma­no queremos formar?, ¿con qué valores?
Quien desde niño conoció la durísima realidad del nordeste brasileño (opresiva, marginal y desarraigada), se sumerge pron­to en las ideas revolucionarias que pululan en la Latinoamérica de los años sesenta, que utiliza la dialéctica marxista para la visión y comprensión de la historia, y encuentra en el lenguaje de libe­ración surgido de las corrientes más avanzadas del catolicismo (la Teología de la Liberación) el soporte necesario para lograr un discurso pedagógico que busca cambiar la sociedad.
Es por lo que este aniversario ad­quiere en la actualidad un gran significado: el empeño de Paulo Freire para que sus coetáneos rompan su pasividad y silencio, para que adquieran una capaci­dad crítica para relacionarse con la sociedad y así se liberen de sus ataduras, entronca con la impe­riosa necesidad de insuflar cam­bios a nuestra sociedad.
Partiendo de la fuerza transforma­dora que tiene la educación sobre el ser humano, Freire nos hace ver que el acto educativo no consiste solo en una transmisión de cono­cimientos, es el goce de la cons­trucción de un mundo común. La educación se convierte así en una fuerza de acción asociada a la crí­tica constructiva que exige de los docentes una entrega apasionada.
De esta suma de intenciones nace un proyecto social y pedagógico que tiene como misión humani­zar la vida misma. Y para lograr que el conocimiento no solo se transmita, sino “que se construya”, se requiere una suma de equili­brios entre los actores participan­tes en el mundo educativo que tiene su espejo en la construcción de la enseñanza contemporánea.
Freire nos recuerda que, en esta superposición, no sólo es pre­ciso redefinir el rol del docente (el mundo cambia, luego cam­biamos con él) sino que hay que reconfigurar las voces de otros protagonistas (los escolares, las familias), junto con las categorías del pensamiento y el lenguaje, para poder construir un nuevo discurso en el que la educación no es mera instrucción escolar (sí, la incluye, pero va más allá): en los colegios se establecen rela­ciones pedagógicas y sociales es­pecíficas que dejan huellas en las personas que participan de ellas.
Y todo esto, por encima de la con­tienda en la que se ha convertido la educación (¿para cuándo esta será un entente como la Segu­ridad Social, a salvo de la hosti­lidad política?) Si bien Freire ya nos recordó que “la educación es el terreno donde el poder y la política se expresan de manera fundamental”, él también incidió en que para lograr los objetivos básicos de la educación (desa­rrollo de una mentalidad crítica y potenciación de los actores so­ciales para el cambio) no hemos de olvidar que la educación ha de ser pública y no someterse a la privatización, entendiendo esta en el sentido de quitar al Estado el deber de cumplir sus obliga­ciones sociales y sucumbir a una visión mercantilista de la misma.
Por increíble que parezca, Paulo Freire respondió hace ya tiempo a las controversias que inundan el mundo educativo español explicando que la educación responde a las creencias más profundas acerca de lo que sig­nifica ser humano, soñar y dar nombre y luchar por un futuro y una forma de vida social mejores. Convendría recordarlo… 

viernes, 28 de octubre de 2011

"Se necesita todo un pueblo para educar a un niño". Proverbio africano


Jesús Jiménez Martínez. Director del CP San Prudencio (Albelda de Iregua).

La educación de nuestros jóvenes no puede quedar en las manos exclusi­vas de los centros educativos. Cuan­do un niño llega a la escuela con tres años, lleva dentro de sí toda una serie de hábitos, actitudes y compor­tamientos aprendidos que serán la base sobre la que irá construyendo su personalidad en todas sus face­tas. En los centros educativos pasan nuestros hijos y alumnos un 20% de su tiempo, 5 horas. El resto, 80% o 19 horas, están bajo la mirada y respon­sabilidad de sus padres.

Educar a todos entre todos, es el ca­mino para lograr una sociedad más justa. En este sentido, se hace nece­sario cada vez más, la puesta en mar­cha de proyectos y programas donde todos, docentes y familias, podamos parar y reflexionar. Se echa de menos momentos y lugares para la reflexión. Se echa de menos aquellos tiempos en que la sociedad en general y el mundo educativo en particular de­dicábamos parte de nuestro tiempo y esfuerzo a analizar, valorar y tomar decisiones sobre el qué y el cómo educar a nuestros hijos y alumnos. Fueron tiempos de análisis y de toma de decisiones que a posteriori he­mos comprendido como necesarias. Fueron momentos esperanzadores. Fueron tiempos ilusionantes. Fueron momentos vivos en que los centros educativos, y la sociedad en general, hervían de ganas de hacer y, sobre todo, de innovar.
Han pasado los años y parece que todo ha ido diluyéndose. Se oye en muchos círculos comentarios que me preocupan: “los experimentos, con gaseosa”, “no queremos ocurrencias en educación”. Nos hemos metido en nuestros centros y en nuestras aulas. Los centros se han puesto una coraza y apenas mantienen relación con su entorno y gente más próxima. Es tal vez un mecanismo de defensa frente a la que está cayendo, frente a todo lo que se está exigiendo a los centros educativos y lo poco que se les está dando para hacer efectiva esta labor tan importante y fundamental en la sociedad que estamos construyendo en el día a día: su futuro y su progreso. Nuestra sociedad del futuro depende de la formación que seamos capaces de dar a nuestros hijos, a nuestros herederos, para bien o para mal. Hoy, más que nunca, se hace necesario despertar. Toda la sociedad ha de des­pertar por el bien de ella misma, por aquellos que son nuestro futuro, que son el progreso. Necesitamos a todos. Necesitamos parar. Necesitamos re­flexionar, pero todos juntos. Sin lugar a dudas, este comienzo del siglo XXI, el siglo de las nuevas tecnologías, es un buen momento para tomar deci­siones en muchos aspectos de la vida, pero sobre todo en el educativo. Estas decisiones van a marcar, el sendero a seguir en pos de una sociedad más justa y que espera lo mejor de cada uno de sus individuos.
Se observa en este momento en el mundo educativo, aunque a lo lejos todavía, algunos grupos de personas dispuestas a trabajar en equipo, a buscar nuevas fórmulas y estrategias que permitan conseguir una mayor calidad en nuestros centros, a ana­lizar y valorar aquellas actuaciones educativas que han tenido éxito en otros espacios y a ponerlas en mar­cha, si así se cree oportuno, aquí y ahora. Son personas que represen­tan a toda la comunidad educativa porque la clave del éxito final radica en la común unión de todos los que buscamos el mismo objetivo, una es­cuela de calidad para todos nuestros hijos y para todos nuestros alumnos. Pero en este empeño no podemos ni debemos estar solos. La sociedad, y en especial sus representantes elegi­dos democráticamente, han de em­pujar con todas sus fuerzas para que todos los movimientos a favor de una escuela de calidad sean apoyados e impulsados y no frenados ante el te­mor de no sé qué miedo a no se sabe muy bien a quién.

viernes, 21 de octubre de 2011

En busca de una base firme para un futuro incierto

Francis González-Sarasa. Asesor independiente de Marketing Digital.

No soy una voz autorizada para hablar de educación pero tengo una hija de 11 meses y aunque el horizonte de su educación reglada está un poquito lejano, me inquieta bastante. Y de eso sí puedo hablar.
Tengo que pensar en un colegio. Primer bache. Me toca elegir en­tre centros laicos y públicos, o católicos y concertados. Pronto empezamos a condicionar. Tra­gándome mi agnosticismo des­peinado pregunto a otras perso­nas sobre los diferentes centros. Las respuestas, estupefacción mediante, me hablan de insta­laciones, canchas de baloncesto, gimnasios, ordenadores. Y de mesas de ping pong. Pero ni pa­labra sobre como salen prepara­dos. O sí, pero en un sentido que me importa bastante poco: los niños “sacan” muy buenas notas. Ya. Yo hablo de personas, de ci­mientos sobre los que asentar el crecimiento futuro, el suyo y el de nuestra sociedad, de capaci­tación intelectual para hacer un uso responsable y consciente de su libertad, de solidaridad como camino forzoso de la humani­dad si quiere subsistir. De visión de conjunto. Y me responden con los resultados estadísticos de valoraciones cuantitativas de un conocimiento parcelado, diseccionado, amputado al dic­tado de intereses electoralistas. Nombres de ríos, derivadas en un punto, comentarios de texto sobre esquemas de libros nunca leídos. Memorización de resú­menes, metáforas de un conoci­miento anoréxico. Pero ni rastro de si se han enterado esos estu­diantes de que todo está conec­tado, de si han crecido, de que esto, chatos, os hace libres. Yo solo quiero que el colegio reme en mi misma dirección y me ayu­de a darle unos buenos cimien­tos y un resistente encofrado a la formación de mi hija, sobre el cual pueda construir el conoci­miento futuro y constantemente cambiante que deberá adquirir, con entusiasmo renovado, el res­to de sus días, pues ya no se tra­baja de lo que se sabe sino de lo que se está dispuesto a aprender.
Pero mis cuitas justo empiezan aquí. El colegio es un rato pero la vida es todo el tiempo. Saldrá a la calle, se relacionará. Primero con otros críos, después chava­les, adolescentes, jóvenes. Y ahí estoy muerto, porque me siento solo y maniatado. No quiero ha­blar de valores, que me parece un terreno a veces resbaladizo y lleno de matices ideológicos y morales, pero si de un cierto consenso sobre lo que en gene­ral todos queremos procurar o evitar a nuestros hijos. Creo que quemar un contenedor es algo que todos estamos de acuerdo que resta y no suma, con inde­pendencia de nuestra adscrip­ción política o credo. Pues bien, a ver quien es el guapo que re­prime a una cuadrilla de imber­bes si les pillas en una de estas. Lo he visto, de hecho he sufrido a un padre sacándole la cara a su hijo, muy airado, porque le había reprendido. Me preguntó que quién era yo. Pues esperaba que un actor más de la educa­ción social de tu hijo, del mío y de todos los demás, pero por lo visto me equivocaba.
Bueno, vamos a descansar, se­guro que mañana lo veo más fácil. Enciendo la tele. Una pan­dilla de indolentes se pasea por mi pantalla. Dicen que el pastizal que trincan por matar­se entre ellos es bárbaro y los conocimientos exigidos, nulos. Nuevos gladiadores, el mismo Cesar. Y ahora, remonta esto e incúlcale a tu hija el valor del esfuerzo, de los parabienes de formarse y de ser una buena profesional, aunque la diferen­cia de sus emolumentos el día de mañana sea abismal. A ver como la convenzo en un mundo en el que lo que vale es lo que tienes y el que manda suele ser algún bobo de baba.
Pero debo intentarlo. Por su futuro, por el de todos.

viernes, 14 de octubre de 2011

Educar en tiempos de crisis

Pedro Vallés Turmo. Profesor.

Todos coincidimos. Estamos in­mersos en una época de crisis.
Lo conocido va transformándo­se y lo nuevo emerge difuso o está en ciernes. ¿Cómo educar en estos tiempos? Primero: vivir un tiempo de cambios es tener la suerte de poder participar en la eclosión de una nueva socie­dad. Segundo: es un tiempo de retos para hacer realidad pro­yectos que precisan de nuevos enfoques; es decir, tiempo de oportunidades. Tercero: para avanzar nos orientan los princi­pios sólidos de una personali­dad íntegra con una ética social comprometida.
En la escuela está el embrión del futuro, es más, ya es el futuro. Los maestros estamos atentos para impregnarlo de los princi­pios humanistas que han posi­bilitado la libertad de millones de seres humanos, mejorado las condiciones de vida, garantiza­do la igualdad ante la ley y una justicia social.
Y frente a un mundo que plan­tea nuevos retos, (aunque a ojos de muchas personas se rompe, otros lamentan el estado de degradación ambiental y eco­nómica al que ha llegado) do­taremos a nuestros alumnos de herramientas personales y so­ciales para que tengan criterios de decisión.
En las aulas hay que abordar los temas que están inquietan­do a la humanidad. Los niños y jóvenes no solo tienen que co­nocerlos, sino afrontarlos desde su creatividad, desde su pensa­miento global y sobre todo des­de su responsabilidad y compro­miso. Las aulas tienen que ser espacios de participación social. La realidad tiene que compartir y debatir con sus jóvenes ciu­dadanos: necesitamos visitar más realidades del entorno, que ellas vengan a las aulas, se sien­ten en los pupitres y conversen, dialoguen, escuchen nuevos planteamientos e incluso que establezcan confrontaciones argumentativas. Esa escuela es la de tiempos de crisis, la que prepara a sus nuevos ciudada­nos haciéndoles partícipes de sus inquietudes, dotándoles de sus mejores herramientas, tanto de tecnologías como de pen­samientos; las ideas más inno­vadoras tienen que llegar a los espacios jóvenes.
Es el enfoque de una educación que forma en competencias a partir de tareas de su realidad social, económica, cultural, tecnológica y lúdica. Alumnos que trabajan con técnicas de aprendizaje cooperativo, que viven, experimentan y ponen en práctica los valores que susten­tan una sociedad democrática y justa. Una escuela de vida para la vida.
Son muchos años los que he dedicado a educar. Primero en medio abierto, luego en las au­las. Junto a los muchachos y sus familias hemos transformado muchas situaciones de injusticia en situaciones de dignidad. Con la capacidad de leer la realidad y ser activos en ella, hemos libe­rado a muchachos y muchachas de la ignorancia y de la escla­vitud de la miseria. Siempre ha sido tiempo de crisis para mu­chos ciudadanos y siempre ha sido tiempo de ser proactivos y de luchar. Eso sí, juntos, desde la amistad, desde la confianza.

viernes, 7 de octubre de 2011

Yo comprendo el TDAH... ¿Y tú?

Carmen Meroño Martínez. Socia y voluntaria de Arpanih.

 En mi relación de 10 años con la Aso­ciación Riojana de Padres de Niños Hiperactivos, Arpanih, hay algo que siempre se repite casi con las mismas palabras “es que en el colegio no entienden esto del TDAH”.
En los primeros años me parecía normal, pues había muy poca infor­mación sobre el trastorno y era un gran desconocido no solo para los maestros, también para las propias familias, los psicólogos, orientado­res, pediatras, etc.
Una década más tarde sigo escu­chando de los padres las mismas palabras y encontrándome con el error, tan frecuente como injusto, de responsabilizar o culpar a los alum­nos con TDAH de sus dificultades y comportamientos.
Es habitual leer en los boletines de notas “se dispersa en clase”, “inte­rrumpe constantemente”, “no termi­na las tareas”, “la presentación de sus trabajos deja mucho que desear”…. aunque lo que más lamento es en­contrar en la agenda o en el cuader­no anotaciones como: “se nota que no has estudiado nada”, “sigue así y nunca serás nada”, “esfuérzate más, eres un vago”….
A pesar de la abundante bibliografía sobre el trastorno y las numerosas actividades formativas que se han realizado en torno al tema, me da la sensación de que sí, que ya sabe­mos lo que es el TDAH, su definición, sus síntomas, clasificación, etc., pero realmente no se comprende la ver­dadera dimensión del trastorno.
El TDAH no es un simple problema de no prestar atención, perder co­sas, ser muy movido e interrumpir en clase; el TDAH es un trastorno complejo, que implica el deterioro de la concentración, la organización, la motivación, la modulación emo­cional, la memoria y otras funciones de control del cerebro o funciones ejecutivas. Además puede presentar­se asociado a otros trastornos como ansiedad, baja autoestima, depre­sión, tics, trastornos de aprendizaje, negativista desafiante, de conducta, etc.
Si consideramos esto, es fácil llegar a la conclusión de que nos vamos a encontrar a un alumno difícil, vul­nerable a la acción del entorno, que va a rendir muy por debajo de lo es­perado para su capacidad y que va a necesitar intervenciones educativas específicas. Que educarle nos va a exigir mucha implicación, pero po­dremos entender que parte de una situación de desventaja y que no es por su voluntad.
La familia sufre intensamente y se sienten desprotegidos e indefen­sos, dependiendo en muchos casos de la buena voluntad y sensibilidad del maestro. El TDAH es tratable y tiene buen pronóstico si se detecta y se trata precoz y adecuadamente. La coordinación de los especialis­tas, la familia y la escuela es fun­damental para obtener éxito en el tratamiento.
El TDAH es un problema serio y es prioritario poner en marcha todos los medios personales, técnicos, etc., necesarios para que el alumno con TDAH alcance el máximo desarrollo personal, social y emocional, de lo contrario estaríamos atentando con­tra un principio educativo funda­mental, la atención a la diversidad.

lunes, 3 de octubre de 2011

"Antes era una leona que devoraba..."

Laura Sierra Balmaseda. Educadora de Fundación Pioneros. 
“Antes era una leona que devoraba, ahora soy una gatita que cuando se enfada, araña”.
He querido seleccionar esta frase expresada por una de las adolescen­tes con la que he tenido la suerte de compartir un espacio educativo por la riqueza del contenido y por el esfuerzo personal que detrás de ella hay. Así fue como sintetizó el traba­jo personal que había realizado a lo largo de muchos meses de una com­plicada situación.
¿Qué funcionó de nuestra labor de acompañamiento durante ese pro­ceso? Ni más ni menos que sinto­nizar con su daño, comprenderlo, acogerlo, validarlo, reflexionarlo y buscar soluciones eficaces y justas para evitar aumentar el daño hacia ella misma o dañar a otros.
Sintonizar con su daño, como quien sintoniza un dial de la radio hasta escucharlo nítidamente, escuchar lo que le está pasando a través de lo que está expresando (su discurso) y de lo que no está expresando (sus gestos, sus emociones, sus senti­mientos…) para entender y conec­tar con cómo lo está viviendo.
Comprenderlo, conocer y conside­rar su historia vital, como ella la ha vivido y sentido…
Acogerlo, como quien acoge a una leona herida tras su intento de ma­tar a una cebra y romperse una pata que le impide caminar, con el objeto de ayudarle a curarse, aunque no es­temos de acuerdo con su intento de quitar esa vida…
Validarlo, identificar, asignar valor, comprender y aceptar las emocio­nes que están produciendo ese daño…
Reflexionarlo, porque solo desde el ejercicio de pensar ella misma pue­de conocer las causas de lo que le ha pasado, las consecuencias de lo que dice y hace, puede entender lo que siente el otro cuando ella actúa…
A partir de aquí esta adolescente pudo buscar soluciones alternativas ante las situaciones que se le iban presentando, con aciertos y errores, pero siempre intentándolo.
A fecha de hoy, puede y podrá cons­truir su propio camino con sus me­tas e ilusiones…porque el trabajo más difícil y arduo ya lo ha realizado: el de integrar y aceptar su situación, y a partir de ello, es mucho más fácil vivir, y sobre todo, vivir feliz, en paz con ella misma…
Esta tarea, tan sencilla y complicada a la vez, me hace reflexionar sobre nuestro papel como padres, edu­cadores, profesores… en definitiva adultos que tenemos la importante tarea de acompañar a los adoles­centes en su proceso educativo. Y este acompañar no es una acción pasiva en la que esperamos que se actúe como a nosotros nos gustaría, centrándonos en normas rígidas y patrones personales. Acompañar es compartir el camino y sus experien­cias, estar “al lado” durante el tiempo que dure nuestra relación. Supone implicarnos en el proceso de cada chico, poniendo atención en no pe­car de exceso de atención que se traduce en agobio, ni en defecto de la misma que se traduce en abando­no. Adaptarnos a su situación, ser accesibles y estar disponibles para descubrir y escuchar sus necesida­des y sus dificultades. Pasar a la ac­ción desde el respeto, porque solo desde él generaremos la confianza necesaria para que se comuniquen con nosotros en aras de ayudarles a buscar soluciones a sus plantea­mientos y a gestionar lo que viven y cómo lo viven. La seguridad emo­cional y el apoyo son ingredientes básicos para que entiendan que hagan lo que hagan, todo puede ser de otra manera, que confiamos en la evolución positiva de su vida. Y todo ello siempre dentro de unos límites necesarios para ellos y para nosotros.
Para concluir, animar a toda aquella persona que esté inmersa en esta apasionante tarea que es EDUCAR para que con su paciencia, ilusión y dedicación, siga acompañando a estas maravillosas fieras que habitan en la jungla llamada sociedad para que se desarrollen y vivan con auto­nomía, responsabilidad y felicidad.

lunes, 26 de septiembre de 2011

La evaluación de los docentes


Javier Alonso García. Padre y Patrono de Fundación Pioneros
La clave de un sistema educativo excelente está en la calidad de su profesorado. Cuando los políticos hablan de cambios de modelo, sin embargo, suelen poner el acento en otros aspectos: hasta qué edad hay que escolarizar obligatoriamente a los chicos, cuánto se les debe exigir para pasar de nivel, cómo debe defenderse la autoridad del profesor en el aula…
Y pocas veces se plantea un aspecto de calado como es la mejora de la calidad de los profesores. Mientras que si echamos la vista atrás casi todos recordamos la maestría de un puñado de profesores que nos contagiaron su pasión por enseñar transformada en nuestra pasión por aprender. Algunos han sido determinantes en nuestro rumbo académico, profesional y vital.
La importancia que concedo al profesor como pilar del sistema educativo y el conocer a grandísimos profesores, vocacionales, apasionados y entregados hasta el último día es lo que me permite criticar algunos aspectos que pueden escocer.
Creo que el modelo está obsesionado por la evaluación de los alumnos y desatiende la evaluación del profesorado. Hace poco una profesora de Universidad me dijo que sí, que sí les evaluaban. No entramos en profundidad en el asunto pero estoy convencido de que dicha evaluación es insuficiente porque tropieza con un mal de raíz: el actual modelo funcionarial.
Tenemos un modelo en el cual el acceso al magisterio, al puesto de trabajo, es muy exigente (méritos, oposiciones y a menudo largas travesías hasta lograr cierta estabilidad), pero el mantenimiento del puesto una vez obtenido es excesivamente sencillo. “A un profesor es imposible echarle”, me confesaba hace poco un experto. Esto lo confirma algún caso que conozco personalmente: un profesor denostado por toda la comunidad educativa (es difícil alcanzar el rechazo unánime de dirección, claustro, padres y alumnos)… y ahí sigue. Y lo refuerzan expresiones que he escuchado a profesores con responsabilidades directivas (un director de centro y una jefa de estudios, en concreto). Perlas como “Bueno, si por mi fuera echaría a 15 o 20” o “La mitad no dan la talla pero con estos mimbres tengo que lidiar”. Son testimonios personales, exentos de rigor estadístico y científico, pero que por la confianza que me inspiran no puedo poner en duda. Que un directivo de un centro no pueda decidir sobre su equipo evidencia que algo está fallando.
Sí, lo siento, creo que el sistema adocena, que al profesorado se le evalúa insuficientemente, y que impide eliminar la mediocridad que se instala en espacios de confort y seguridad. Creo que el profesorado tendría que ser evaluado por las instituciones educativas, por sus centros y por los alumnos. Esto es habitual en la formación privada. Doy a menudo cursos en escuelas de negocios, organizaciones empresariales, etc. y siempre soy sometido a la evaluación de los alumnos. ¿Por qué no en la enseñanza pública?


viernes, 16 de septiembre de 2011

Emociones y educación

Jesús Vélez Valle. Educador de Fundación Pioneros.

En Fundación Pioneros centramos nuestro trabajo educativo en los adolescentes y jóvenes desde una perspectiva integral, entendiendo al adolescente como una realidad bio-psico-social en constante desarrollo.
Dentro de esta consideración dinámica de la persona, los profesionales que trabajamos en el ámbito de la educación necesitamos conocer además de la naturaleza de los procesos de desarrollo físico-motor, cognitivo y lingüístico los procesos de desarrollo afectivo y social y la forma de intervenir para mejorarlos.
En nuestra relación con los adolescentes observamos diferencias individuales significativas. Diferencias en el modo de integrar cambios personales, afrontar distintas situaciones más o menos estresantes y en definitiva vivir de una u otra manera el proceso de aprendizaje y construcción de la identidad personal.
Con el objetivo de entender y dar respuesta a los desajustes que producen los cambios característicos de un periodo vital como la adolescencia, consideramos interesante tener en cuenta el desarrollo emocional. Un patrón de actuación educativa que incluye validar las emociones de los adolescentes, empatizar con ellos y ponerse en su lugar, ayudar a identificar y nombrar las emociones que están sintiendo y regular su expresión.
Validar las emociones, acoger al joven con sus sentimientos y circunstancias es un valioso punto de partida en la intervención educativa. Considerar la funcionalidad y utilidad de las emociones subyacentes a las conductas particulares de cada joven, propicia una relación de respeto hacia su propia identidad.
Al trasmitir que somos capaces de entender sus conductas, circunstancias sociales, motivaciones, ideas e intereses sin que necesariamente las compartamos o aprobemos propiciamos un trabajo conjunto de construcción de su propia identidad. Debemos tener en cuenta que cuando proponemos un cambio debemos ofrecer otras posibilidades que sean capaces de llenar ese espacio que se deja sin contenido. Para ello no pensamos en propiciar un cambio forzado desde fuera sino en favorecer el interés del joven por su propio conocimiento y desarrollo.
Cuando somos capaces de darle nombre a algo, esto empieza a existir, a ser validado, cuestionado o modificado en función del análisis que hagamos de dicho hecho y de la percepción del mismo en términos de utilidad, conveniencia…
Cuando un joven es incapaz de identificar qué es lo que siente cuando expresa una conducta, es muy probable que se justifique desde la impulsividad, irresponsabilidad, inconsciencia….El deber del educador es ser una especie de espejo que le permita poner nombre a toda una serie de emociones y sentimientos que están detrás de los hechos observables.
Todas las emociones son valiosas, sin embargo su manifestación no siempre es funcional. La educación debe proporcionar herramientas que permitan al joven modular tal expresión. Al adolescente que pasa en un periodo cortísimo de tiempo de la euforia al abatimiento no se le puede pedir que deje de sentir de tal manera pero sí que debe tener a su disposición unos referentes que le proporcionen, como hemos señalado anteriormente, un patrón adecuado de actuación educativa emocional, base y fundamento de su propio desarrollo como persona.

lunes, 12 de septiembre de 2011

¡QUÉ BUENO ES LEER! AVISO PARA NO LECTORES


Mª Ramos Corral Rodríguez. Socia de La Casa de Tomasa.
En eso todos estamos de acuerdo: ¡qué bueno es leer! Padres, madres, docentes, expertos, pedagogos, sociólogos, investigadores, Administración, empresas, políticos, Movimiento 15M, grupos juveniles, tertulianos de radio y televisión y muchos más.
Fíjate, será de los pocos temas que en Educación estamos de acuerdo un gran sector de la población adulta. Puede ser que nosotros como adultos no leamos (solo el 54% de población mayor de 14 años se declara lector y, si acotamos más la edad, se lee menos), pero lo que sí tenemos claro es que leer es bueno, muy bueno.
Pero ¿para qué es bueno? ¿Por qué una población no lectora se empeña que los niños y jóvenes lean?
Veamos qué nos dicen los expertos, por ejemplo El Equipo Peonza en su libro “El rumor de la lectura” (Anaya, 2001):
Leer como búsqueda: de información, de formación, de deleite. Cuando queremos fantasear, evadirnos o disfrutar; cuando necesitamos algún tipo de información para aprender, reflexionar o actuar, lo buscamos con frecuencia a través de la lectura.
La lectura como apuesta social y participación ciudadana. Es una vía de acceso y de permanencia en la cultura. La lectura habitual es una fuente de promoción individual y social. Verdadero antídoto contra el analfabetismo funcional, la pobreza del lenguaje e incluso la pobreza de pensamiento. Las destrezas que exige el dominio de la técnica lectora (descripción, comprensión, clasificación, abstracción) son las bases de los aprendizajes escolares.
La lectura como promoción individual permanente. Posibilita una permanente formación intelectual, afectiva, estética y moral a quien practica la lectura asiduamente. Contribuye a despertar la imaginación, fomentar la sensibilidad, provocar la reflexión y cultivar la inteligencia. La lectura estimula y orienta la creatividad, educa y potencia las capacidades mentales. Contribuye a conformar y estructurar el pensamiento así como a provocar el razonamiento. Su acción continuada apunta hacia una auténtica formación integral y permanente.
La lectura no es una habilidad más, sino una de las más decisivas para madurar psicológicamente.
Conseguir ciudadanos lectores debe ser uno de los objetivos primordiales. El hábito lector modelará el talante cívico y cultural de la persona.
Por eso debemos hacernos todos más lectores, todos los días y en cualquier soporte, de manera individual y/o colectiva (club de lectura, tertulias dialógicas, talleres para el fomento de la lectura, talleres de escritura, leyendo a nuestros hijos).
Y, sobre todo, lo que reivindico es la lectura como ese placer que proporciona a quien lo realiza. La lectura así entendida se convierte en un fin en sí misma, no en un medio. La preocupación por hacer algo “útil y práctico” con la lectura desvía e impide su posible acción sobre nosotros, distrae el que suceda algo en nosotros.
Dejemos que la lectura nos trabaje por dentro, haga algo en nosotros, nos transforme y nos haga crecer. Disfrutemos de la lectura y seamos ejemplos vivientes para nuestros jóvenes de ese gusto por la lectura, no seamos meros teóricos sobre los beneficios de esta práctica.


lunes, 5 de septiembre de 2011

Educación en medios- medios para la educación


José Manuel Valenzuela Pareja. Educador de Fundación Pioneros.
Youtube, Internet, tuenti, twitter, facebook, picasa, flickr, open-office, software libre, vimeo, correo electrónico, redes sociales, comunidades virtuales, pdf, blog, web 2.0, link, descargar y un largo etc… seguro que interminable, pero ¿qué es esto? te suena ¿verdad? ¿sabes de qué va? ¿los utilizas a menudo?
El mundo está cambiando, y en esto Internet y las nuevas tecnologías ya llevan bastantes años revolucionando el paradigma de la comunicación entre personas, empresas, organizaciones sociales, centros educativos, y otros espacios. Solo tenemos que ver la influencia que han tenido en las revueltas de los países árabes o sin ir más lejos las múltiples asambleas en las plazas que se empezaron a convocar a través de las redes sociales en España.
Cuando hablamos de educación, ya sea formal, no formal e informal esta ya no puede hacerse la sorda, la ciega o la muda frente a la realidad. Y la realidad es que el alumnado es nativo digital, es decir, ya han incorporado las nuevas tecnologías de una manera semejante a como lo hicimos quienes nacimos con la tele a color o el teléfono.
En educación se hacen grandes esfuerzos por aparentar migrar del paradigma de la tiza y la pizarra al ordenador personal y la pantalla táctil, y muchas personas piensan que con introducir cuatro ordenadores en un aula (o uno por alumno/a) ya hemos creado la escuela 2.0, y ello supone en mi opinión un gran error. Y gran error no porque hayan invertido recursos en ordenadores, sino porque no se ha realizado la inversión principal para realizar escuelas 2.0, que es formar al profesorado y a profesionales de la educación en este modelo. Podemos tener en nuestro país la mejor tecnología en aulas y otros recursos educativos, pero éstos están infrautilizados y mal aprovechados.
Lo interesante y sobre todo lo difícil, es realizar lo que el pedagogo francés Célestin Freinet ya hizo con la imprenta hace más de un siglo, y es hacer pedagogía utilizando los medios que tenemos a nuestra disposición. Reflexionar, promover y poner en práctica aquellas herramientas y métodos que nos permitan revolucionar el proceso de aprendizaje para hacerlo más atractivo y más dinámico, para que se acerque a los deseos, necesidades y realidad de los y las jóvenes. Además debe servirnos de resorte para aprender a aprender y para transitar de esta manera del profesor que enseña y que concentra el saber, al profesional de la educación que facilita el aprendizaje, hace de puente o de nodo entre puntos del saber, guía los intereses del alumnado, conecta los saberes con la experiencia, vincula las emociones con los sentidos, y aprende a poner estas emociones a disposición del proceso educativo.
Lo relativamente fácil es transmitir los contenidos de la manera en la que Paulo Freire denominó educación bancaria, es decir, llenar las cabezas del alumnado presuponiendo que están “vacías” a modo de un banco en el que uno “deposita” conocimientos y se despreocupa. Lo complicado es hacer de la educación un arte en el que aprenden mutuamente quien educa y quien es educado, donde no sólo aprendemos contenidos, sino que también aprendemos a relacionarnos, a expresar nuestra emociones, a compartir sin competir creando aprendizaje cooperativo, a tolerar, y en definitiva a disfrutar. El medio de la educación es cada día más los “medios de comunicación”, y debemos decidir si queremos estar en este medio. Los/as jóvenes ya lo han decidido.

lunes, 29 de agosto de 2011

Cien figuras españolas


Javier Navarro Algás. Gerente de Fundación Pioneros.
Últimamente los medios de comunicación han reflejado la polémica generada a propósito de la publicación del Diccionario biográfico español de la Real Academia de la Historia.
Esta noticia me ha traído a la memoria un pequeño libro titulado “Cien figuras españolas” que mi padre guardaba de sus tiempos como escolar.
Debía contar yo con nueve o diez años cuando lo descubrí y comencé a mirar las fotografías que encabezaban cada página y a leer las que me parecían más atractivas. A mi mente acuden las imágenes de Séneca, Trajano, Gonzalo Fernández de Córdoba, Legazpi, Cabeza de Vaca, María Pita, Miguel Servet, Goya, Isaac Peral… También aparecía un santo dedicado a la enseñanza, San José de Calasanz.
Al “santo viejo”, que es como sus compañeros escolapios y quizá los vecinos de la Roma de 1600 llamaban cariñosamente a aquel anciano que había sido amigo de Galileo, innovador y pionero de la escuela popular y  gratuita y que seguía activo a pesar de su muy avanzada edad –falleció a los 92 años-, pienso yo que debo gran parte de mi vocación profesional.
Todo lo anterior aplicado a la educación tiene que ver con la importancia de buscar en la historia aquellos personajes que recorrieron antes que nosotros parecidos caminos y que dejaron su sabiduría a nuestra disposición.
Figuras de la historia contemporánea, no tan alejados de nuestras preocupaciones y modo de ver la vida, como Johann Pestalozzi, Lorenzo Milani, María Montessori, Ben Lindsey, Robert Baden-Powell, Anton Makarenko, Francisco Giner de los Ríos, Henry Joubrel, Alexander Neill, Fernand Deligny, Paulo Freire… entre otros están esperándonos.
Podemos acercarnos a ellos de primera mano, a través de sus obras escritas, o por atajos como Wikipekia si uno dispone de poco tiempo.
Haciendo un estudio comparativo encontraremos muchas similitudes metodológicas; también diferencias que se explican por el contexto histórico, ideológico y personal de cada uno. Pero en todos ellos el mismo interés por extraer de cada niño, adolescente, joven, lo mejor, por procurar su felicidad y por proyectarlos hacia la sociedad.
Recientemente asistí a una conferencia impartida por el profesor y catedrático Ramón Flecha, sobre Comunidades de Aprendizaje. Percibí pasión en las “historias de vida de chicos y chicas” con las que ilustraba su exposición.
Y aunque nuestros tiempos son más bien de trabajo en equipo, de redes, de alianzas que de figuras históricas, esa pasión es para mí la mejor prueba de que la educación sigue siendo un campo atractivo, necesario y donde todos podemos contribuir.

martes, 23 de agosto de 2011

LA COEDUCACIÓN EN NUESTRO CONTEXTO EDUCATIVO


Eva María Lacarra Córdova. Educadora Social y Pedagoga.
Cuando escuchamos la palabra coeducación suelen surgir diversas reacciones pues nos estamos refiriendo a un tema controvertido y muy importante en la formación de nuestros hijos e hijas. Los hay que se extrañan porque no saben qué significa exactamente; hay quien piensa que en nuestros tiempos no hace falta reivindicar la educación en igualdad porque las escuelas ya son mixtas y niñas y niños se educan conjuntamente; y finalmente, hay quienes pensamos que aún nos queda mucho trecho por recorrer hasta conseguir una educación igualitaria que no genere discriminación y no reproduzca los estereotipos de género existentes.
Para entender bien el significado de la coeducación como modelo pedagógico, es importante diferenciar primero entre dos conceptos, el de sexo y el de género. Al hablar de sexo, nos referimos a las diferencias biológicas (anatómicas y fisiológicas) entre hombres y mujeres que hacen posible la reproducción. Son universales y coinciden en todo tiempo y cultura. El género es la construcción cultural que hace una sociedad a partir de las diferencias biológicas. Mediante esta construcción se adscriben cultural y socialmente aptitudes, roles sociales y actitudes diferenciadas para hombres y mujeres, atribuidas en función de su sexo biológico. Estos roles asignados suelen visualizarse como naturales cuando en realidad son producto de nuestra cultura, y será durante nuestro proceso de socialización cuando los adquiramos.
La escuela es uno de los agentes de socialización que contribuyen a construir la identidad de niños y niñas de forma que el entorno educativo formal es uno de los lugares, junto a la familia y la comunidad, donde se podrán de-construir todos aquellos comportamientos y pensamientos sexistas que aún existen en nuestra sociedad. Para conseguirlo, se debería poner en práctica el modelo coeducativo, que supone un proceso intencionado de intervención a través del cual se fomenta el desarrollo de niñas y niños partiendo de la realidad de la diferencia sexual y dirigido hacia un desarrollo personal y una construcción social común y no enfrentada. Supone la coexistencia de actitudes y valores tradicionalmente asignados a hombres y a mujeres de forma que puedan ser aceptados y asumidos por las personas independientemente de su sexo. Se trata de construir una escuela que respete la diversidad entre los sexos, culturas, ritmos de aprendizaje, etc., y la herramienta que nos va a permitir educar en igualdad es la pedagogía coeducativa.
En nuestro contexto de educación formal, esta herramienta pedagógica suele estar limitada al desarrollo de actividades puntuales con el alumnado, muchas veces ligadas a días concretos: actividades como talleres, teatro, dinámicas, o
actividades lúdicas con un componente de reflexión crítica sobre la discriminación de género. Sin embargo, la coeducación como estrategia preventiva de discriminación debería  impregnar y atravesar transversalmente todo el sistema educativo desde infantil hasta la etapa adulta, siendo un proceso continuo y  sistemático en el que se debe implicar toda la comunidad
escolar (familias, personal docente y no docente, alumnado, entorno comunitario, etc.). De esta forma estaremos apostando por una enseñanza coeducativa como única alternativa válida para la educación en igualdad y la prevención de cualquier tipo de violencia, construyendo una sociedad justa e igualitaria que no etiquete
a ninguna persona en función de su sexo, raza o cultura.

miércoles, 17 de agosto de 2011

LAS COMPETENCIAS BÁSICAS COMO SABER ACTUAR (y II)


Cruz Pérez Merino. Profesor asociado de la Universidad de La Rioja y profesor tutor de la UNED.

Terminábamos el anterior artículo sobre competencias básicas preguntándonos por las razones de introducir estos aprendizajes en los currículos escolares. Respondíamos que la justificación de su presencia en los currículos tiene que ver con las nuevas demandas que nuestra sociedad, llamada del conocimiento, exige a las escuelas. Estas demandas pasan necesariamente por producir aprendizajes que capaciten a los estudiantes para desempeñar con éxito las diferentes tareas y exigencias que los diferentes ámbitos vitales les deparen, tanto personales, profesionales como sociales y de ciudadanía; y es que conocer ya no consiste en saber, este es necesario pero no suficiente.
El conocimiento o los aprendizajes que debemos producir en las aulas deben superar el mero saber para ser un instrumento de acción en los diferentes contextos reales por donde transite la vida del estudiante. ¿De qué le sirve a un alumno saber las diferentes clasificaciones sobre los alimentos y sus virtudes si es incapaz de llevar una dieta mínimamente adecuada?
El propósito de este texto es avanzar en el conocimiento de las competencias básicas y tratar de averiguar, aunque de manera escueta y simple, a qué tipo de aprendizaje se refieren.
Para ello intentaremos dar respuesta a tres características principales de las competencias básicas. La primera característica es que son aprendizajes complejos, que implican la enseñanza de diversas categorías de capacidades que deben enseñarse de manera específica e integrada al mismo tiempo. Por lo pronto, una competencia se compone de conocimientos, de habilidades, destrezas o procedimientos, y de actitudes y valores. Es decir las competencias son el conjunto de conocimientos, de procedimientos y de actitudes que nos permiten solucionar adecuadamente las tareas cotidianas. Y no habrá aprendizaje competencial si no se enseña cada uno de estos componentes de manera adecuada. Y de manera adecuada quiere decir que cada uno de estos tres elementos debe enseñarse de manera específica y al mismo tiempo de manera coherente e integrada con los otros dos elementos. La gesta de Cristóbal Colón no se explica desde supuestos exclusivamente científicos o de conocimientos del navegante, tampoco desde explicaciones puramente prácticas o de habilidades y destrezas en el manejo y construcción de embarcaciones o el conocimiento de las mareas, sino que además de todo ello fue necesaria una actitud positiva y abierta al descubrimiento, a la aventura, al riesgo, a la pasión por conocer que lo lanzara a lo desconocido. Quiere decirse que, si en nuestros centros educativos no enseñamos a nuestros estudiantes a tener unas actitudes positivas frente a sí mismos, a los demás y al mundo que les rodea, por muchos conocimientos tanto teóricos como prácticos que les enseñemos no conseguiremos personas resolutivas, decididas, capaces de hacer frente a los retos que el vivir les imponga.
La segunda característica de las competencias básicas es que son aprendizajes integrados, holísticos. Su aprendizaje no puede hacerse al margen de otros tipos de aprendizajes como son los no formales e informales. Para enseñar competencias la escuela no puede desligarse de otros tipos de aprendizajes que los estudiantes realizan de forma más informal, asistemática en contextos familiares, sociales, lúdicos, etc.
La tercera característica es que las competencias básicas son aprendizajes imprescindibles para la consecución de tres finalidades: el desarrollo personal, el ejercicio activo de la ciudadanía y el aprendizaje a lo largo de toda la vida.

LAS COMPETENCIAS BÁSICAS AL SERVICIO DEL COMPROMISO DE LA ESCUELA CON LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO (I)


Cruz Pérez Merino. Profesor asociado de la Universidad de La Rioja y profesor tutor de la UNED.

El currículo escolar es al docente lo que el GPS al conductor: ambos guían la conducción hacia la meta prefijada. El GPS señalándonos la ruta a seguir para llegar al destino y el currículo escolar indicándonos los aprendizajes que deben ser adquiridos por los estudiantes al término de la etapa educativa correspondiente en consonancia con las demandas y necesidades de la sociedad del momento; y así como el GPS debe estar actualizando continuamente los datos sobre la red viaria, el currículo, por su parte, debe ofertar aquellos aprendizajes que resulten  imprescindibles  para el desarrollo y la transformación de nuestras sociedades.
Es evidente que nuestros escolares de hoy necesitan aprender conocimientos, procedimientos y valores muy distintos a los de los estudiantes de los años setenta, por poner solo un ejemplo. Nuestra sociedad actual impone nuevas capacidades, destrezas y valores a los ciudadanos, ya que ha evolucionado hacia sistemas más complejos: globalización, migraciones de carácter económico y desplazados, desregulación económica, pérdida del estado del bienestar, primacía de la cultura tecnológica, cambio climático o por lo menos deterioro -¿irreversible?- del medio ambiente, propuestas de políticas comunitarias e internacionales, nuevos problemas de carácter global que requieren estrategias de solución diferentes a las implementadas hasta el momento.
El currículo escolar de la sociedad del conocimiento, en su intento por hacer frente a los nuevos retos y compromisos que la actual sociedad le demanda, propone una serie de aprendizajes que resulten adecuados para conseguir ciudadanos capaces de contribuir al desarrollo de esta sociedad tecnológica mediante una formación que integre los aspectos educativos con los tecnológicos y científicos, y de implicar a la ciudadanía en la participación para la transformación social desde valores  tales como el sentido comunitario, la empatía, las actitudes democráticas, el humanitarismo, la identidad cosmopolita, la sostenibilidad y la ecología, entre otros; y ello mediante la incorporación al currículo escolar de un nuevo elemento llamado “competencias básicas”.
¿Qué es una competencia? Es la capacidad de una persona para  poner en relación y movilizar todos sus recursos: conocimientos, destrezas, actitudes y valores con la finalidad de  solucionar de manera pertinente las diversas tareas que su contexto vital le impone. ¿Y una competencia básica? El adjetivo de básica implica que es una competencia que tiene que ser adquirida por todos los estudiantes al término de sus estudios obligatorios, ya que es necesaria para el desarrollo personal, para el ejercicio de la ciudadanía y para su capacidad de aprendizaje a lo largo de su vida.  Ser competente consistirá en actuar adecuadamente en todos los ámbitos de la vida, y no solo en el ámbito escolar, solucionando las diferentes demandas que el hecho de vivir impone a cada persona.
¿Qué se pretende con la introducción de las competencias básicas en el currículo escolar? Sobre todo orientar la enseñanza hacia la aplicabilidad de los aprendizajes adquiridos. El saber se convierte en un instrumento para la vida, la acción y la intervención en el medio. La educación se entiende como compromiso con los grandes problemas del momento actual. Se pasa de una enseñanza para “saber” al “saber para actuar”.

viernes, 29 de julio de 2011

APRENDIZAJES ESENCIALES PARA UNA VIDA BUENA


Eva Landaluce Manero. Psicóloga de ARPS. 
Una característica inherente a ser persona es la preocupación que desde la antigüedad sigue vigente acerca de qué es la felicidad, de cómo vivir plenamente, cómo tener una vida buena…En definitiva, de lo que hoy llamamos calidad de vida.
Actualmente, lo que se entiende por una vida de calidad depende tanto de aspectos objetivos como el estado de salud, ingresos económicos, tipo de vivienda, etc.;  como de aspectos subjetivos, si estamos satisfechos con nuestro estilo de vida, si vivimos conforme a lo que concedemos más valor: amistades, familia, acceso al ocio que nos interesa,  a los estudios o trabajo que nos realizan, donde vivimos, con quién etc.
El mundo de la discapacidad es propulsor de estudios e investigaciones acerca de la calidad de vida, y los resultados de todos ellos son aplicables a todas las personas independientemente de su cultura, edad, sexo, de si presentan discapacidad o no…
Estas investigaciones nos dicen que uno de los mejores indicadores de calidad de vida es la autodeterminación, el sentirnos protagonistas de nuestra propia vida al saber y poder elegir y decidir hacia donde vamos, al resolver los conflictos que surjan en el camino confiando en nuestras capacidades para andarlo.
La autodeterminación nos lleva a proponernos metas importantes, nos guía en el proceso de alcanzarlas y nos estimula a aprender de nuestros errores.
La autodeterminación es un buen predictor de calidad de vida en cuanto constituye un grueso colchón para nuestro bienestar personal y equilibrio emocional. Además, motiva y despierta el interés por saber y conocer, convirtiéndose así en una meta educativa para cualquier persona, con o sin discapacidad; previene el fracaso escolar; y la exclusión de alumnos especialmente vulnerables.
El mundo de la discapacidad propone que los servicios educativos y sociales se reorganicen para ayudar a las personas a diseñar y esforzarse por lograr proyectos significativos y manejables de vida, aprendizajes esenciales para una vida buena. Porque la autodeterminación es  un conjunto de habilidades y capacidades que se desarrollan y ponen en práctica a lo largo del ciclo vital de las personas y, fundamentalmente, un derecho aplicable a todos y cada uno de nosotros.
Se requieren cambios en la cultura escolar (al igual que en los servicios de atención a personas adultas con discapacidad) para preparar a todos para la vida, introduciendo longitudinal y transversalmente programas que enseñen y desarrollen habilidades y capacidades para ser autodeterminado, así como para generar oportunidades de puesta en práctica.
No es tarea fácil, son muchas las dificultades y trabas, muchos los agentes sociales (profesionales, familias, administraciones) implicados en esta tarea, pero cada uno de nosotros desde nuestra relación con aquellos con quienes compartimos nuestra vida (niños, adolescentes con o sin discapacidad, adultos con discapacidad) podemos realizar el esfuerzo de conocer qué es lo que valoran y desean apoyándoles a proponerse metas importantes en su vida, ayudándoles en el camino de conseguirlas asumiendo el riesgo de que se equivoquen y convertir este error en un nuevo aprendizaje.